Guido Girardi se confiesa con Pablo Mackenna
Entrevistarlo no es divertido: un tipo parco, que le ha pegado duro a todos los poderes fácticos y por eso le han dado en el suelo. Para algunos, la representación misma de todo lo turbio de la política. Para otros, un Robin Hood de las causas del progresismo. Humildad y soberbia en un mismo paquete. Un animal que se ve cansado, pero que extrañamente corre a exceso de velocidad.
—¿Cómo está la salud?
—Con muchas secuelas, pero me adapto. Tengo un riñón menos, hernias cervicales, me falta el bazo, no hay inmunidad definida, sufrí una fractura lumbar. Uno de mis brazos es metálico, no tengo articulación en los dedos, me sacaron una línea del hueso del carpo y por eso tengo una limitación en las manos…
—Pero nunca perdiste la capacidad de muñequeo…
—… (no acusa recibo).
—¿Y cómo está la salud en el PPD?
—En un proceso de cambio, de adaptarse al nuevo mundo que viene. Los partidos son como los dinosaurios, están en vías de extinción. Hoy la sociedad quiere ser protagonista de esos cambios y los partidos tienen que representar más que conducir.
—No me vengas con esa cantinela, háblame de un PPD enfrascado en pugnas internas y parte de una Concertación derrotada y fracturada…
—El PPD tiene una salud que no escapa a la de ningún partido, aunque por su historia tiene más posibilidades de sobreponerse a la crisis. Porque se formó como un movimiento ciudadano que no provenía de las matrices históricas tradicionales, fue el primer partido que armó una militancia temática. Para mí, el PPD debe contener los intereses de aquella parte de la ciudadanía que comparte valores progresistas, ser un paraguas de los defensores de internet, de los pueblos originarios, del medio ambiente, de las personas que tienen cáncer y carecen de subsidio a terapia, o de la gente que está luchando contra las antenas de celulares. Debería ser un instrumento parlamentario para los sin voz.
—Pero hay visiones distintas de cómo se hacen las cosas, representadas por verdaderas facciones: los girardistas y los laguistas.
—Esa es una caricaturización tuya…
—Yo no invento las caricaturas, hazte cargo. Las últimas peleas han sido de altísimo calibre.
—Lo que digo es que auditemos lo que somos. Quienes nos sentimos identificados por esta visión del PPD, hemos luchado veinte años por la defensa del medio ambiente, el uso del condón, los matrimonios homosexuales, y no ahora sino en 1995. Somos los que hablamos de la píldora del día después, los que hemos luchado contra las AFP, siempre trabajamos con movimientos ciudadanos, con Patagonia sin represas, contra Pascua Lama…
—La propia Presidenta Bachelet fue homenajeada por Barrick Gold, dueños de Pascua Lama, en uno de sus últimos viajes a Nueva York.
—Ese es justamente el matiz que nosotros representamos en la Concertación: no hemos comulgado nunca con ruedas de carreta. Pensamos que la Concertación no tiene dueño. Y creo que fue tomada prisionera, fue rehén de una elite que la condujo y que no representaba ya a la gran mayoría del mundo progresista.
—¿Pero tú crees en la Concertación hoy?
—Pienso que fue un gran proyecto democratizador que cumplió un ciclo. No nos dimos cuenta de que Chile quería más, ansiaba un proyecto transformador con ideas progresistas. Pero subyugados por una elite y bajo el poder absoluto de los ministros de Hacienda no lo supimos canalizar. Fuimos los custodios de una visión más neoliberal que la misma derecha. Hasta que dio lo mismo votar por uno o por otro. Y, finalmente, ves el 21 de mayo a un Piñera enarbolando ideas que debían ser nuestras.
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